“La Métrica del Silencio” llega a la FILBO.
Gerardo Aldana García presenta en la Feria Internacional del Libro de Bogota – FILBo una cartografía de lo invisible. Relatos que transitan entre la fragilidad de la piel y la profundidad de la sombra.
Ven y sumérgete en la partitura de lo que no se dice, pero se siente en lo más profundo del ser.
📍 Bogotá, 27 de abril. Stand 516. Huila
Acompáñanos y descubre una narrativa donde cada cicatriz cuenta una historia y cada sombra guarda una luz. Es momento de reconocer nuestro rostro en la arcilla que nos define.
¡Te esperamos para compartir la palabra y el origen!
LA NIÑA SIN CASA
Camila habita la tragedia como si fuera un patio de juegos. — Este pedazo de tierra —dice su madre— es un regalo de Dios. El barrio nace entre chozas que parecen brotar del lodo. Pero el aire trae rumores de metal; la radio anuncia que el orden vendrá vestido de armas. —Habrá una fiesta —le miente su madre, jugaremos a policías y ladrones. Hoy, Camila, en medio de una neblina de gas y sirenas, con la pureza de sus cuatro años, ríe de quien no conoce el odio, mientras corre hacia la patrulla de agentes pidiendo, en su juego inocente, que la tomen prisionera.
SONIDOS DE HAMBRE
El contrabajista de la orquesta, a hurtadillas, tomaba del exuberante banquete delicias que ocultaba en el interior de su instrumento. Ahora, el vientre profundo y sonoro del contrabajo pareció estremecerse ante la caricia del tercer croissant. —
¿Desde cuándo el enorme violón se alimenta de pan? —preguntó el mesero. El músico levantó la mirada y respondió con un susurro que pesaba más que su instrumento: —No, mijo; este solo tiene sonidos; mis hijos, hambre.
LA MUERTE DE TUS HUELLAS
Desde la inmóvil silla de ruedas, hizo correr su voz llena de pena:
—Dime, mamá, ¿por qué no puedo ir al encuentro del viento, que cabalga sobre el cerro? ¿Quién se creyó dueño de mi movimiento y me arrebató el canto que dejaba huella? ¿Por qué mis pies desaparecieron en la cañada, en medio del trueno vestido de humo negro?
Ella se acercó y acarició su rostro; besó su alma de niño con la luz de aquellos ojos negros, llenos de infinita ternura.
—Era una mañana pintada por la cosecha —le dijo—. Suspendidas en los arcos, frescas orquídeas adornaban el corredor. Caminabas feliz, columpiando el brazo de tu papá. Prometió regresar antes de la puesta del sol; se fueron junto a fragancias y colores, y se perdieron entre los pliegues de la cordillera.
El estrépito arruinó el concierto de las aves; presentí la sombra de un gigante malo. Mi llanto entristeció la vereda. Dicen que tu papá coloreó las azucenas; su purpúreo óleo sombreó en el paisaje matices hiperreales de indefinible dolor. Nadie pudo explicar el milagro de tu aliento, aunque la lluvia de metales cortantes, embravecida por el acoso del fuego, se llevó para siempre tus pasos.
—Sabes, hijo, hay días en que desde mi ventana escucho el clamor del cafetal, siento el desabrigo de la labranza; la molienda está fría y sin olor, el camino se duele sin su andar.